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11.11.09

Quinto malo

La idea de la clonación llegó a mi mente una tarde al salir de la oficina. Es decir, ya conocía algunos casos de clones humanos pero nunca se me ocurrió clonarme yo mismo. Todo fue resultado de mi nacimiento. El día que nací mi madre vociferaba y blasfemaba contra mi padre y contra todos los hombres que preñan a su mujer por capricho. Soy el quinto hijo, único varón. Crecer entre mujeres me dio ventaja sobre los demás hombres. Llegué a la mayoría de edad conociendo cada rincón de la anatomía femenina, resultado de espiar a mis hermanas en el baño, y de sobra sé que a la mujer una vez al mes es mejor ni hablarle. Aún con esta ventaja, no he dejado de padecerlas. De hecho, mis conocimientos me volvieron más vulnerable a sus tretas. A sus desfiguros.

Gracias a mis conocimientos suelo ser el mejor amigo de cuanta fémina me rodea. Mi ventaja en el terreno anatómico me hace un excelente amante. Sé el momento justo para retirarme. El problema, porque ya se imaginaran que existe un problema ya que no estaría contándoles todo esto, es que no me doy abasto. No me soy suficiente. No hay tanto Luis que alcance.

La lista de mujeres en mi vida ha ido creciendo con los años. Ya sea por placer o por necesidad, siempre tengo a más de una mujer en mi vida. A veces tres, o cuatro, o seis… Si, ya sé que suena imposible, pero les juro es real. Más real de lo que yo quisiera. Y eso sin contar a las “otras mujeres”, las de mi familia, con las que he tenido que cargar desde aquel tortuoso día de mi nacimiento.

El tiempo no pacta conmigo. Aunque soy dueño de mis placeres no lo soy de mi tiempo. ¡Ese es el problema! Son ellas las dueñas de mi tiempo. No puedo hacer concesiones para una sin afectar a la otra, y cuando son cuatro ¡o seis!

Es por eso que recurrí a mi clonación. Primero pensé en un Luis más. Uno que se encargara de los domingos en casa de mis padres, de las horas extras de oficina, de los trámites, las citas con el dentista, las juntas con mi jefe… ¡en fin! El trabajo sucio. Yo me seguiría haciendo cargo de mis mujeres: De Ana mi vecina y sus cafecitos a media tarde; de Ceci, mi secretaria y de Fer, la secretaria de mi jefe; de Maricarmen, mi amiga pintora y sus tertulias artísticas llenas de frugales aprendices de artes plásticas (siempre dispuestas a complacer a un inteligente hombre de negocios); de Paola, mi instructora de yoga, ¿Cómo prescindir de sus servicios si es la fuente de mi paz interior?; y por supuesto de Elizabeth, mi esposa, madre de mis dos hijos, dueña de mis quincenas y mis inversiones (fatal error eso de los bienes mancomunados). Como verán, es de entender que yo necesitara otro Luis que me hiciera el paro.

Las mujeres son astutas, poseen un sexto sentido que aún hoy a mis 43 años y con todos mis conocimientos en la materia, me es difícil de predecir. Cuando creí tener un balance con mi nuevo yo, ellas empezaron a hacer preguntas: ¿Qué horas son estas de llegar? ¿Dónde andabas? ¿A qué hueles? Y cosas por el estilo. Cosas que más o menos logré esquivar, pero luego ellas doblaron la guardia. Deseaban pasar más tiempo conmigo. Se complico todo. De pronto la clase yoga se convirtió en seminario; Ceci quería que fuera su pareja en la posada de la oficina y Fer quería lo mismo. Maricarmen requería de mi persona porque tenía un bloqueo creativo y los cafecitos de Ana se empalmaban con el miércoles de cinito de Elizabeth… ¡la locura! Me las estaba viendo negras mientras mi otro yo estaba tan campante y sin sudar; en las juntas o en el messenger, haciendo como que trabajaba en mis horas extras de oficina. ¡Eso no podía seguir así! Llamé al doctor para solicitar “otro yo” con suma urgencia. Lo demás, como son ustedes muy listos, ya se lo imaginan, ellas suspicaces, yo a la alta, la oferta no cubría la demanda y… tres no éramos suficientes.

Hoy somos cuatro. Luis 2 tiene su merecido: ha tenido que cargar con Ceci y con Fer, para que sepa lo que es amar a Dios en tierra de indios. Luis 3 es el amoroso padre de familia y un cinéfilo cultivadísimo que mantiene a Elizabeth a ralla; de vez en cuando se toma un café con Ana. Luis 4 va a las tertulias con la Mary y hace yoga tres veces por semana, a veces cinco si Paola está sensible.
La vida ha vuelto a ser placentera. Todo bajo control. Mis seis mujeres están contentas y… ¿Yo? Bueno, alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

10.11.09

Girar al sol



Hacia el sur
con una ráfaga de olvido
me reconozco.

6.11.09

Catálogo de imperfecciones

Mortalidad

Le duele el corazón. No el músculo vital que bombea sangre. El corazón, el intangible, el que alberga el alma. Le duele profundo, sin que sepa explicar bien a bien que es lo que siente. Le duele como a los amantes que heridos van dejando su fe por los rincones. Como a la madre que ha perdido a su niño. Como al niño que ve morir a su perro.
Le duele con una aspereza nueva de roca lacerando la piel. Con desánimo. Con ese lamento de tiro de mina, bajo miles de metros en la oscuridad. En un espasmo interminable de angustia.
Hace falta el aire, el agua, la luz. Sobra la soledad. Pesa su fragilidad. Duele con contagio. Duele de verle. Duele en su abrazo.
No hay explicación a eso que siente. Pero lo siente.
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Abandono

Se despertó llorando. Un llanto convulsionado, lleno de miedo. Un miedo a lo desconocido, a lo que no sabemos bien si es bueno o malo.
Soñó que le abrazaba y le decía “te quiero para siempre”.
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Incredulidad

Tiene el mal del hueco. Un hueco hondo que se cavó solo, en medio de su pecho. Ha buscado llenarlo con múltiples actividades, con amistades, con sueños. Pero es un bicho extraño el que alberga en su centro. Se va comiendo despacio su esperanza. Cavando más hondo cada vez el hueco cóncavo de vacío. Ahí, en medio de su pecho.
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Rencor

Llegó sin avisar. Como la persona que esperas no aparezca porque no has invitado y de pronto sin más ahí está. Se sintió miserable. Parada en medio de esa sala, frente a los que creía sus amigos. Reunidos a sus espaldas en fraterna convivencia. Sintió lástima por ellos, por lo incómodos que se veían al tenerla enfrente. Y sintió odio contra ella misma, por tenderse sola aquella dolorosa trampa.

4.11.09

FIMM 09




23.10.09

Poesía belga
poeta grande.

Un camino de tierra en la voz
cien caballos galopando
en un idioma que no comprendo
manecillas de reloj amarradas a cada sílaba

Celta que letrea
hace que sonría.

La poesía bien leída es sensible en cualquier idioma

20.10.09

De mares y mareas

Media tarde frente al mar. Nublado de “marejada”, dicen los lugareños. Toda la mañana una llovizna petit que empaña la vista. El mar, cansado, apenas agita un poco. Suaves olas. Su mano maternal ha olvidado colores, mezclando la paleta entera ha conseguido un agua de enjuagar pinceles.
La ausencia de brisa provoca que el calor aumente. La humedad de todo y en todo se despierta.
Dejo el libro. Mi playa de soledad está cansada de amaneceres. Me decido, entro al mar. De inmediato me reconoce. Su espuma cual abrazo se mete entre mis piernas, me sacude. Esquivo un par de olas y ya estoy dentro. Calma.
Este mar abochornado de las cinco de la tarde apenas quiere hablar. En silencio me recibe. En aguas quietas de arenas dormidas, floto. Escucho mi respiración en el fondo del mar. Las ondas marinas viajan, se llevan mi imaginación. Toda agua soy. Allá voy mar adentro.
.
Mar de oriente. Una mujer termina su faena y sin temor al frío entra en el agua para asearse. El mar la recibe amoroso, la espera. Se entrega a ella después de verla pasar todo el día. Al tenerla, al fin, la penetra. Todo océano es amante en ella.
La mujer se tumba al mar, se suelta y flota. Cierra lo ojos. Su amante le respira al oído. Le entrega un sonido. Unos latidos. Aire dentro del mar. A ella le parece música, le calma ese sonido a sol, a risa. Nunca antes ha escuchado algo similar. De pronto el mar es violeta y sabe dulce. Su oleaje tiene un ritmo nuevo. Este mar música sabe a guijarros que arrastra el río, a gotas de lluvia, a palmas alegres y piel mestiza.
Flota a merced de esa corriente latina que le regala el mar. Mi respiración la envuelve.
Inhala. Exhala.

18.10.09

No todo lo que brilla es oro

Un artista multi-indisciplinado
que no toma sopa ni bebe su chocolate.

Despedaza pinceladas. Dice son flores

No camina
patalea.

Su boca, un berrinche
recita palabras altisonantes

Lo corona su soberbia
la fama lo hace rey.


Rey de ciegos y de sordos
de corazones secos como momias
que el hielo guardó
y se rompen si les da el aire.

14.10.09

Santo Remedio


-¿Qué dice el largo de mis dedos sobre mi vida amorosa? ¿Conoceré esta vez a mi verdadero amor? -Elena excitada. Frenética, desde que entró en la sala de Madame Mazz no ha parado de hacer preguntas. Transpira. Su pulso es evidente no sólo a las manos de la médium. Ha traído todo: su paga completa de la farmacia, su estampita de san Espiridión bajo el tirante del brassier, la fe ciega de sus 35 virginales años. Quiere saber.

-Tranquila. –La mano ensortijada de Madame Mazz recorre las líneas de sus palmas. – Todavía no es tiempo. ¿Has seguido mis indicaciones?

-Al pie de la letra. –asegura Elena. – He teñido al gato de rojo y sembré sus pelos en una maceta, he bebido agua de rosas cada luna nueva y froto mi vientre con sal de grano como me lo recomendó usted. Lo que si me da un poco de cosa es andar en cueros por el patio cada miércoles, pero pues me aguanto y me hago a la idea.

-Buena niña… -Ahora Madame cierra los ojos con fuerza. La vena de su frente está hinchada, parece que nunca saldrá de ese trance. Acaricia las manos de Elena con determinación. Busca en su memoria algún embrujo nuevo para retenerla. Madame repliega su manga y deja ver un tatuaje: dos serpientes retorcidas en torno a un gran báculo chorreante de miel. Acaricia con el índice el dibujo mientras con la otra mano recorre el brazo de Elena.

-Cierra los ojos. –Ordena. La chica algo confusa obedece. Un calor la recorre desde los talones, la mano áspera de Madame cruza el límite de su muñeca. Zigzagueando sube por su brazo, bajo la blusa. El calor húmedo en la palma de la adivina hace imaginar a Elena que una de las serpientes del tatuaje va deslizando sobre su piel. El pulso se acelera. La respiración galopa. Elena siente y teme, pero no quiere dejar de sentir. Madame Mazz gimotea, sus manos no están ya en Elena. Están en la piel de una presa, en los instintos naturales de una mujer. Están en la necesidad de afecto de una infeliz. En la fecundidad de una piel inexplorada, en la incauta urgencia de un corazón.

Cuando Elena se arquea y cree que ya no puede sentir más, Madame retira las manos de aquel cuerpo palpitante. –Listo- dice- Han quedado abiertos los conductos febriles. Esto atraerá a tu hombre.

Elena, descompuesta aún, se endereza en la silla. Arregla la blusa, la falda. Aplaca el cabello, el sudor. No entiende cómo pero sabe que la adivina tiene razón. Con la mirada hipnotizada escucha atenta las indicaciones y los remedios que la vieja va recitando. Minutos después está en la calle, caminando idiotizada. Sin un peso, sin dudas. El sabor dulce de lo recién descubierto aún saliva en sus entrañas.

Desde la ventana Madame Mazz la mira alejarse. Sabe que regresará antes de la cita. Guarda el fajo de billetes en el resorte de su falda y enciende una veladora para esparcir la energía positiva de la primera venta. El negocio está flojo, la crisis mundial ha venido a parar hasta su sala de adivinanzas.

En el suelo la estampita de san Espiridión comienza a cubrirse de polvo.
-

12.10.09

En la música están...

8.10.09

Querido Diario

Dicen que el pasado es humo y una capa de neblina va cubriendo los recuerdos. El presente se planta imponente frente a mí.

La preventa estaba cerrada hace más de un mes pero estos tíos lograron hackear e-ticket y poner a subasta 100 números más. Tras dos horas de puja, por fin los tuve en mis manos. Nuestro regalo de aniversario. Después de 10 años repetiríamos la hazaña: U2 en el auditorio nacional.

La noche que pensé darle la sorpresa, descubrí el engaño en su celular. Toda espera me pareció vana. Todo motivo, pérdida. Guardé los boletos al fondo del cajón.

Sola en el concierto, canté y bailé por todo. Por diez años de espera, por volverlos a ver. Por mi libertad endosada. Por el recuerdo de un boleto en el cajón. Por la noche que descubrí que yo misma era neblina en el horizonte de su memoria.

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